lunes, 25 de diciembre de 2017

REMEMORANDO AL USTUU-HUREE: "ecos del Amazonas resonaron en Siberia"

Por Íkaro Valderrama

Hace 6 años una serie de casualidades  o el implacable destino   me llevaron a pisar el escenario del más importante festival de música siberiana en las estepas de República Tuvá, el Festival Internacional Ustuu-Huree. Todo sucedió durante mi primer viaje a Tuvá en el verano de 2011, y desde ese entonces los espíritus de mis ancestros me han seguido guiando por los caminos de la música. Hoy quiero publicar tres cortos episodios de mi mi libro Siberia en tus ojos (El peregrino ediciones) rememorando aquellos días, pues por esta época que anuncia una renovación, un nuevo amanecer para mi arte, he tenido que ir atrás, al origen de mi sonido, en busca de aquella fuerza que impulsó este viaje maravilloso.


9.
La procesión culminó pasado el mediodía con una hermosa ceremonia budista en el templo Ustuu-Huree. Se leyeron sutras y se hicieron ofrendas por los miles de monjes que murieron durante el régimen soviético. Recuerdo que había bastantes fotos del Dalai Lama, hacia quien podía observarse una fervorosa devoción por parte de los tuvanos.  También recuerdo una imagen bellísima de la Tara Verde, la madre de todos los Budas. El budismo tibetano llegó a Rusia por primera vez a través de lamas tibetanos y mongoles que arribaron a las costas orientales del Lago Baikal, en el siglo XVII. Desde entonces, en muchas repúblicas siberianas ha tenido lugar un complejo proceso de simbiosis entre el budismo y las prácticas ancestrales animistas de dichos pueblos nómadas.
Los organizadores del Festival Ustuu-Huree dispusieron algunos autobuses para llevar a la gente de vuelta al campamento. Regresamos a eso de las dos de la tarde. El campamento estaba ubicado a quince minutos de Chadán, la aldea más cercana, en medio de un bosque con inmensos abedules. Ahora que lo pienso, este era un sitio muy estratégico, ya que también estábamos cerca del río Chadán, cuyas aguas son famosas por sus propiedades curativas. Por todas partes se veían tiendas de campaña y grupos de personas comiendo alrededor de las fogatas. Tardé un buen rato en llegar a mi carpa, pues a cada diez pasos alguien me llamaba y me ofrecía un poco de té, galletas o tabaco. Yo no conocía a todos los que me invitaban, pero pude darme cuenta de que la mayoría me había escuchado cantar el día anterior.
En efecto, un día antes se realizaron una suerte de eliminatorias para decidir qué músicos se presentarían en la gran escena del Festival, no solo frente a los turistas sino ante toda la gente de la región. Para ello se dispuso una tarima más pequeña en el territorio del campamento. Entre los jurados estaba Gendos, un músico tuvano que ha viajado por Europa con su fusión de sonidos tradicionales esteparios y ritmos electrónicos. En principio yo no tenía planeado participar, pero sin saber cómo, de un momento a otro terminé plantado allí, con mi poncho y una guitarra. Recuerdo que canté una famosa tonada andina, Ojos azules, y que a la gente le gustó bastante. Después interpreté una composición propia. La competencia era reñida, ya que se presentaron músicos excelentes de diversos lugares de Rusia y el mundo. Sin contar a los intérpretes de khoomei, el tradicional canto de garganta siberiano. Por eso, fue una gran sorpresa cuando salieron los resultados: yo también tocaría al día siguiente, después de la procesión al templo budista. 

10.
«Si no se espera, no se encontrará lo inesperado, puesto que lo inesperado es difícil y arduo». (Heráclito)

21.
El Taita le pide a su hija pequeña que me enseñe una canción. Estamos en su casa en las montañas de San Agustín, es de mañana y hace un calor intenso. La niña debe tener cinco o seis años, es muy tímida pero su padre le da ánimos y ella empieza a cantar una tonada en su lengua nativa, el cofán. Es un idioma hermoso, distinto a cualquier lengua que hubiera oído antes, pero lo que más me llama la atención es una palabra que la niña repite varias veces.     
    Taita, ¿qué significa esa palabra que se repite en la canción?
     ¿Qué palabra compañerito?
     Pues me pareció escuchar algo así como Ufa.
     En el idioma de nosotros, Ufa significa yagé, ayahuasca. Esa es una canción que cuenta cómo Dios sembró uno de sus cabellos en la selva, y así nació el bejuco del yagé, para la salud de toda la humanidad. ¿Entiende, compañerito?

22.


Cinco minutos antes de subir a la tarima del Festival Ustuu-Huree, en el centro de Asia, decidí que cantaría aquella canción que me enseñó una niñita del Putumayo. Yo estaba detrás del escenario junto a otros músicos. Una joven muy linda, ataviada con un largo vestido azul, se acercó para preguntarme algunos datos y para decirme que pronto sería mi turno, inmediatamente después del grupo Tuvá. Dicho grupo está conformado por músicos tradicionales muy virtuosos, grandes intérpretes de canto de garganta a quienes yo admiraba desde tiempo atrás. Mientras esperaba, en medio del nerviosismo, le pregunté a un joven tuvano cómo se dice “hola” en su lengua nativa. No solo me enseñó esto sino otra frase que, según él, le gustaría mucho al público local.

«Ekii, Chadán Uyok», dije —sin saber del todo el significado de la frase— apenas estuve frente a cientos de personas en aquel escenario de la estepa, con una guitarra prestada y mi corazón latiendo al ritmo de los caballos salvajes. La línea que dije hizo efecto, el público se puso eufórico, aplaudieron dando gritos  y entonces arranqué a tocar a toda velocidad, con el alma en la boca: aquella tarde, sin haberlo planeado mucho, ecos del Amazonas resonaron en Siberia. 


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